De lo cultural a la cultura del consumo

El mundo ha atravesado por diversos episodios de distinta índole que, aparte de reflejar la animalidad de la raza que se enaltece  por ser razonable, configura y establece la cultura de las sociedades, hoy en día, masificadas en una misma sociedad, llamada “de consumo”. Estos eventos se caracterizaron por ser trágicos y sangrientos, pues millones de personas murieron en búsqueda de la libertad, de la defensa de sus derechos y de una verdadera democracia.


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Tales eventos trascendentales, son la causa de cambios políticos, económicos y culturales, a gran escala, que a la vez, producen como efecto un cambio en las relaciones humanas y  en nuestra forma de comunicarnos.  ‘La caída del Muro de Berlín’ es un ejemplo claro de lo anterior; tras la unificación de Alemania, las consecuencias más directas las sufrieron los habitantes de la antigua RDA, (República Democrática Alemana) quienes, debido al retraso económico, tecnológico e industrial del país de oriente y a la costumbre de tener garantizadas necesidades básicas como la de la vivienda, la energía o el trabajo, no se pudieron adaptar muy bien al nivel de vida de la RFA (República Federal Alemana), a causa de la diferencia de salarios y precios entre ambos estados.

Con la caída del “muro de la vergüenza” (así llamó el acontecimiento la prensa estadounidense) Berlín se convirtió en una gran urbe homogénea. Según Néstor García Canclini, la gran urbe crea patrones de uniformidad, remodela los hábitos locales y los subordina a estilos “modernos” de trabajar, vestirse y distraerse;  también aspiraciones como tener una casa propia en una calle pavimentada, con luz y agua, cerca de escuelas y centros de salud.

La gente llena de rabia, ilusión e incredulidad golpeaban el muro hasta acabar con él y al encontrarse con sus vecinos, entrelazaban sus manos como símbolo de victoria. Y cuando pasaban de un lado al otro, se abrazaban unos a otros sin conocerse, en lo que se convirtió en uno de los episodios más reveladores de la esperanza de libertad de las personas.

El sueño de que la desaparición de esta frontera divisoria entre dos sistemas irreconciliables traería al mundo estabilidad y paz duró lo que una estrella fugaz. Inmediatamente hubo desde separaciones pacíficas (como la de Checoslovaquia en la República Checa y Eslovaquia) y uniones tranquilas (como las dos Alemanias) hasta guerras nacionalistas, étnicas e interreligiosas (como en la ex Yugoslavia).

El mundo, entretanto, quedaba atónito ante la noticia. El Muro de Berlín, símbolo de la feroz pulseada que protagonizaron durante 40 años Estados Unidos, capitalista, versus la Unión Soviética, socialista, había caído.

Pero poco después, con la desaparición de la URSS y el fin de la Guerra Fría, se empezaron a sentir en profundidad y globalmente los efectos de aquel derrumbe. El capitalismo de libre mercado avanzó sin ley ni medida. EE.UU. se convirtió, sin contrapeso, en la mayor potencia militar de la historia y en el plano de las ideas sólo hubo lugar para el pensamiento único. Más sutil y gradual pero, no menos implacable fue el cambio, aún en proceso, de valores y mentalidades. (Diario ‘El Clarín’, 9 de septiembre de 2004)

Todavía hoy, muchos antiguos ciudadanos de Alemania Oriental echan de menos ciertas cosas del desaparecido ‘Estado socialista’, como la cultura, la seguridad ciudadana, el acceso a la vivienda o el tipo de relaciones sociales, sin que ello suponga necesariamente una ausencia de crítica a otras características como el desabastecimiento frecuente. Esta nostalgia oriental se denomina en Alemania Ostalgie (juego de palabras entre Ost -este- y nostalgia). El film ‘¡Good bye, Lenin!’ es una ilustración de esta nostalgia. Una encuesta reciente hecha entre ciudadanos de la extinta RDA afirmaba que el 76% de ellos pensaba que el socialismo era «una buena idea mal aplicada» y hasta un 20%, anhelaba expresamente la reconstrucción del Muro de Berln.

Los medios de comunicación desempeñan un papel fundamental en estos cambios y, al verse afectados, obviamente, también nuestra forma de comunicarnos e incluso, el estilo de vida. Teniendo como referente  el modelo capitalista y, tomando como base la teoría de García Canclini sobre políticas culturales, se argumenta que el cine y la televisión, para alcanzar amplias audiencias y recuperar las inversiones, promueven narraciones espectaculares e inteligibles para públicos de todas las culturas. Las referencias nacionales y los estilos locales se disuelven en películas, cuadros y series televisivas que cada vez se parecen más en Sao Paulo y Tokio, Nueva York y México, París y Buenos Aires, y en el caso citado, en Madrid y Berlín.

Este formato audiovisual masivo, como medio de entretenimiento, por ende es relevante en el uso del tiempo libre y forma parte del consumo cultural, donde se promocionan la mayoría de productos comerciales y estereotipos personales. Por ejemplo, la gente ha dejado de visitar los sitios emblemáticos, por ir a centros comerciales (Shoppings) o quedarse en la casa frente al televisor, al radio o al computador.

En un estudio señalado en el documento ‘Políticas Culturales Urbanas en América Latina’ (G.  Canclini, 2004: 81), acerca del consumo cultural que realizaron en la ciudad de México, una capital donde,  de igual manera, venció el modelo consumista, observaron esta pérdida del uso público de lugares emblemáticos, pero por otro proceso complementario: la progresiva sustitución de la asistencia a espectáculos y encuentros en lugares públicos por el consumo de radio, televisión y video en el hogar.

El estudio realizó una encuesta, cuyos resultados muestran que no llega al 10% el sector que se relaciona con la cultura institucionalizada: cine, teatro, conciertos, salones de baile, etc., ni tampoco supera ese porcentaje la franja de quienes dicen asistir regularmente a espectáculos o fiestas en que se manifiestan las culturas populares.

En España, con todo lo referente del franquismo, se complementa la demostración de que los medios masivos protagonizan los cambios a nivel social, ya que son estructuradores y configuradores de las relaciones humanas. Los medios de comunicación sufrieron durante la dictadura franquista la censura y el control y no existió la libertad de prensa, hasta 1977. En 1937, se creó la Delegación del Estado para Prensa y Propaganda. En 1938, el Ministerio de Gobernación, dirigido por Ramón Serrano Súñer, decretó la Ley de Prensa, una ley de guerra que permaneció vigente hasta 1966. De este modo, los medios de comunicación transmitían las órdenes del Estado, ya fuesen públicos o privados. En 1939, se creó el Registro Oficial de Periodistas y Franco tenía el carné número uno. Ese mismo año se creó la Agencia de noticias EFE, que era monopolio del Estado en la distribución de la información. En 1941 se creó la Escuela Oficial de Periodismo, que exigía a los alumnos a ser militantes de FET y de las JONS y en 1942, nació el Servicio Español de Auscultación de la Opinión Pública.

En 1942 se creó el Noticiario Documental (NODO). Cada documental duraba 10 minutos y era obligatorio proyectarlo antes de las películas en todos los cines de España hasta 1975. A través del NODO se transmitían los valores del régimen y se exaltaba la figura del Caudillo. Para que un texto o publicidad viera la luz, tenía que pasar previamente por la censura. Estaba prohibido escribir algo que dañase el prestigio de la nación, del Ejército o del Gobierno. En 1942 no se podía hablar de la violencia en el fútbol, de la música negra o de otro tipo de música extranjera. Además, en todos los medios había que publicar los discursos del Caudillo. En 1951 se reorganizó la política informativa del régimen en torno del Ministerio de Información y Turismo.

“Las industrias culturales son hoy el principal recurso para fomentar el conocimiento recíproco y la cohesión entre los múltiples organismos y grupos en que se fragmentan las grandes ciudades”. Néstor García Canclini.

DIEGO FELIPE BAQUERO RODRÍGUEZ

De lo cultural a la cultura del consumo
abril 30, 2015
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